MARINA, J.A. La educación del talento. Barcelona, Ariel. Biblioteca UP 2010.
José Antonio Marina divide este libro en ocho capítulos o “Campamento Bases”. A su vez, cada capítulo se divide en cuatro partes: la primera se sub-divide en diferentes pasajes donde se exponen los temas de cada capítulo: el talento, la inteligencia creadora, la inteligencia ejecutiva, etc. En la segunda, el autor explica el trabajo de diferentes científicos, filósofos y eruditos que han estudiado el área descrita en la primera parte del apartado. La tercera sección la ocupa “Fuego de Campamento”, una especie de entrevista o charla entre el autor y diferentes personas (madres, filósofos, adolescentes, educadores) sobre algún aspecto tratado en el capítulo. Finalmente, Marina explica brevemente cómo debe ponerse en práctica con los niños lo desarrollado a lo largo de la sección.
Si creemos en la idea que defiende el autor de que todos tenemos talento para hacer algo y que para ello es necesario cultivarlo y enseñarlo, este libro es una esperanza para todo educador ya que nos da las riendas, tanto a los profesores como a padres y tutores, para cambiar o encauzar el futuro de nuestros niños. Marina aborda un interesante enfoque sobre las capacidades de los niños: “nuestra inteligencia se compone de un sistema que genera ideas, deseos, sentimientos y un sistema ejecutivo que da órdenes, vigila, controla, evalúa y bloquea o deja vía libre a las ocurrencias producidas por la inteligencia generadora. Esas ocurrencias no pasan directamente a la acción, son evaluadas”. Según Marina, “estos criterios de evaluación deben tener un modelo de conducta y toda pedagogía necesita un modelo que realizar”.
Creo que los conceptos de la inteligencia generadora y ejecutiva están extensamente explicados, de forma divulgativa, para que todos seamos capaces de entenderlo. El símil entre el talento y una partida de póker me parece muy acertada para explicar la necesidad de instruir a los niños en cómo desarrollar su talento: no siempre gana el que mejor cartas tiene (genética) sino el que mejor juega con las que tiene (el que mejor desarrolla sus capacidades). Dicho símil resume perfectamente el entramado de la inteligencia generadora y ejecutiva: debemos enseñar a los niños a desarrollar sus capacidades. Por otro lado, el estudio de Walter Mischel me parece una prueba de vital importancia para desarrollar la capacidad de retrasar la recompensa en los alumnos. En esta sociedad consumista donde queremos todo y ya mismo (incluso Daniel Pennac lo mencionaba en Mal de Escuela), los niños deben aprender que no pueden tener todo, que si quieren algo deben trabajar para conseguirlo. Según el experimento de Mischel, los alumnos los que se les retrasaba la recompensa eran más hábiles para argumentar, concentrarse, hacer planes y seguirlos y lograban mejores resultados en los test.
El apartado tres de cada capítulo, denominado “Conversando con expertos”, nos ofrece una pincelada del trabajo en diferentes campos tratados y cita los libros y estudios a los que recurrir si queremos profundizar en el tema. Gardner, por ejemplo, aboga por la inversión en la identificación y cultivo de las habilidades y sus dones naturales. Matthew Lipman, por su parte, decía que “si queremos tener adultos que piensen por sí mismos, hay que educar niños que piensen en sí mismos”. Finalmente, se menciona a Dewey, un revolucionario en su época, quien desarrolló el aprendizaje por proyectos. Según él, “la escuela debe representar la vida real”.
Aunque agradezco el apartado donde se explica brevemente cómo poner en práctica lo ilustrado, me ha resultado insuficiente. Creo que si se hubieran integrado actividades más desarrolladas donde se describiera cómo llevar a cabo los temas expuestos, nos daría una visión más exacta y nos ayudaría a dar un paso más para llevar a cabo la educación del talento. Finalmente, me gustaría saber cómo Sylvia Scribner llegó a la conclusión de que las culturas sin escritura no eran capaces de hacer deducciones en situaciones artificiales. ¿Deberíamos pensar que aquellas sociedades que consiguen tener escritura serían capaces de hacer deducciones en situaciones artificiales? Así, ¿sin más? ¿Cómo explicaría Scribner este cambio? No me convence.
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