Monday, January 16, 2012

خبرات التعلم مع التلاميذ, طالبة

Las mejores y peores (aunque acabaron siendo buenas) experiencias se las debó a un instituto de Washington DC donde estuve casi tres años enseñando español como lengua extranjera. Pongámonos en contexto: mujer, blanca, de baja estatura, en un instituto donde el 99% era negro (incluidos alumnos,  docentes y personal). Aunque muchos digan que no hay racismo o que el odio o la desconfianza entre blancos y negros no exista en EEUU, no es verdad; no digo que se insulten o que estén segregados como antes, pero se puede sentir  una primera desconfianza latente, no se demuestra abiertamente, pero está presente. Unos cuantos de estos alumnos desconfiaban de mí, me veían como la típica cracker (nombre despectivo para referirse a los blancos) que no se preocuparía de ellos, ni los entendería, que venía de otro mundo y que los dejaría a mitad del primer semestre por no poder soportar la presión y el estrés. Pero, afortunadamente para ellos y sobre todo para mí, no fue así.

                Los primeros meses fueron lo más parecido al infierno: faltas de respeto (hablar cuando no deben, malas contestaciones, boicot de mis clases, cuando no era uno era el otro), intentaba hablar con ellos, con los tutores o padres y los encargados de dar disciplina (a los cuales estaré eternamente agradecida) para ver si la situación mejoraba, pero muchas veces perdía la batalla. Tenía pesadillas y no podía desconectar de mi vida profesional. Trabajaba muchas horas (además de las casi 6 horas lectivas con alumnos, debía corregir deberes todos los días-más de 100 alumnos-, llamar a los padres cuando no hacían los deberes-  una media de 40 alumnos de mis cuatro clases de español al día) y no veía los resultados. Como soy muy tozuda y me gusta enseñar, yo seguía haciendo mi trabajo: preparaba mis clases y me involucraba en el instituto (desde loar a mis alumnos, hablar con ellos, opinar en las reuniones de instituto con los alumnos, hasta decirles en lo que fallaban o en lo que no habían hecho  correctamente).

 Finalmente, algo hizo click en ellos y en mí y la relación dio un giro de 360º: empezaron a dejarme enseñar, nuestra relación era menos tensa, nos reíamos, podía dar clase. No es que todo fuera de color de rosa, pero conseguí que me escucharan, entendieran y comprendieran que yo quería lo mejor para ellos. Nunca olvidaré cuando uno de esos chavales que me hizo la vida imposible pero que conseguimos llevarnos bien, con la pierna escayolada, vino el último día de clase a desearme un buen verano: “Have a nice summer, Ms. Cano”. “You too, honeyboo”, le contesté. “Honeyboo” era como yo  llamaba a mis alumnos cariñosamente, les encantaba. ¡¡¡Cómo los echo de menos!!!

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